¿Trump es Tyler Durden?

Hay una idea incómoda en Fight Club (El Club de la Lucha) que no envejece. No es la violencia. No es el nihilismo estético. Es la estructura. Fincher (y el guion) te enseñan cómo se fabrica un líder carismático a partir de una frustración difusa… y cómo ese líder termina exigiendo algo que mucha gente está deseando entregar: su criterio.

Y aquí es donde, en 2026, la película deja de ser “una historia de finales de los 90” y empieza a parecerse demasiado a un espejo. No porque Trump sea Tyler Durden. No hace falta jugar a ese meme fácil. Se parecen en algo más peligroso: en el tipo de mecanismo emocional y social que activan.

Tyler no nace del poder. Nace del vacío. Y lo llena con un relato simple, un enemigo claro y un ritual que convierte a individuos desorientados en una masa disciplinada. En la política actual, el molde es parecido. Cambian los símbolos, cambian los objetivos declarados, pero la receta de la deriva autoritaria se repite con una precisión deprimente.

El verdadero producto de Fight Club no es Tyler: es Project Mayhem

Tyler Durden funciona porque no vende un programa. Vende una identidad. Y esa identidad viene con tres ingredientes que son oro puro para cualquier movimiento que quiera convertir malestar en obediencia.

Primero: diagnostica un mal real, pero lo reduce hasta hacerlo cómodo. El sistema te vacía, te humilla, te convierte en consumidor o en número. Eso puede ser cierto en parte, o al menos se siente cierto. Y lo importante en política no es solo lo que es cierto: es lo que se siente cierto.

Segundo: te ofrece pertenencia. No necesitas entender el mundo. Necesitas sentirte parte de algo. Un grupo. Una misión. Un “nosotros” con una épica.

Tercero: te da un atajo moral. Si el sistema es corrupto por definición, entonces romper reglas deja de ser un problema. La excepción se convierte en norma, y la lealtad empieza a pesar más que la verdad.

Esto es clave: la película no te está diciendo “mira qué mala es la violencia”. Te está diciendo “mira qué fácil es que un enfado legítimo termine pidiendo disciplina, jerarquía y purgas internas”. Project Mayhem no es anarquía. Es organización. Y, en cuanto hay organización, aparece algo que suena demasiado familiar: pruebas de lealtad, despersonalización, consignas, obediencia ciega.

Trump como figura-embudo: del resentimiento a la lealtad

Trump no propone volar bancos. No necesita. Su versión del “reset” es institucional, cultural y mediática: moldear la realidad a base de relato, presión y castigo social dentro de su propio ecosistema.

Para hablar con precisión: Trump volvió a la presidencia en enero de 2025 y su investidura se celebró en el Capitolio. Ese detalle casi da igual, pero me sirve para lo importante: una parte del país no solo quería políticas distintas. Quería que ganase “su historia” sobre lo que Estados Unidos es y quién merece pertenecer a él.

Y aquí vienen los paralelismos:

  1. El relato de la humillación
    Tyler te dice: te han robado la vida. Trump te dice: te han robado el país. Ese “robo” puede ser económico, cultural, identitario o institucional, según a quién le hables. La potencia del mensaje no está en su precisión, sino en su elasticidad: cabe casi cualquier frustración.

  2. Enemigos claros, mundo simple
    El populismo funciona cuando divide el mundo en dos bandos morales. El “pueblo auténtico” contra “las élites” (y, de paso, cualquiera que “no encaje”). Eso reduce complejidad y sube dopamina: por fin entiendes quién tiene la culpa.

  3. Verdad como prueba de pertenencia
    Cuando un movimiento convierte la verdad en un marcador de lealtad, entra en modo secta. No importa si algo es cierto. Importa si “es de los nuestros”. El hecho de que un medio, un juez o un científico contradiga al líder se reinterpreta como conspiración o traición.

  4. Ritual y comunidad como tecnología política
    Los mítines, los lemas, la estética, la repetición. En Fight Club, la regla del silencio y las consignas convierten un grupo en una identidad. En la política, los rituales convierten discrepancia en blasfemia. Cuando discrepar te expulsa del “nosotros”, el pensamiento crítico se vuelve un lujo caro.

  5. La normalización de la excepción
    El autoritarismo moderno rara vez entra con tanques. Entra con “casos especiales”. Con “esta vez es distinto”. Con “si no lo hacemos así, nos destruyen”. Levitsky y Ziblatt lo explican muy bien: las democracias suelen morir lentamente, cuando se estiran normas y se rompe el espíritu de los contrapesos.

El momento Project Mayhem: cuando el relato salta a la acción

El 6 de enero de 2021 fue exactamente eso: el salto del relato a la acción. No hace falta teatralizarlo. Hay documentación institucional abundante sobre el ataque al Capitolio y sus fallos de seguridad, y sobre el intento de interrumpir la certificación electoral.

Y, aunque la mayoría de votantes de Trump no participó en violencia, el episodio muestra el riesgo estructural: si un líder convence a suficientes personas de que la democracia “solo es legítima cuando gano yo”, entonces la democracia se convierte en una ceremonia condicionada. En una deposición reciente, el ex fiscal especial Jack Smith resumió la idea con crudeza: ese día “no sucede” sin Trump, y los casos federales se abandonaron tras su victoria por la política del DOJ sobre procesar a un presidente en ejercicio.

Eso no es Tyler Durden con explosivos. Es algo más realista y, por eso, más peligroso: una sociedad que empieza a aceptar que la fuerza (física o institucional) puede sustituir al acuerdo básico de “perdí, pero sigo dentro”.

2025-2026: la ola no es solo americana

Si te crees que esto va solo de Trump, mala noticia: la tendencia es global. Llevamos años viendo venir una “tercera ola” de autocratización y esto se está plasmando en el deterioro sostenido de los cimientos básicos de las estructuras en muchos países.

Lo relevante aquí no es hacer una lista de líderes. Es entender por qué la gente cae en esto: fatiga, precariedad, sensación de caos, desconfianza en instituciones, ecosistemas mediáticos diseñados para premiar la indignación. La verdad no vende, y la atención se convierte en el mercado donde se compra el poder. Ese es el fertilizante perfecto para cualquier Tyler político.

Y luego está la parte operativa: cuando un movimiento trae no solo un líder, sino un “manual” para reconfigurar el Estado. En EEUU, el debate sobre Project 2025 existe precisamente en esa capa: no es un meme, es un conjunto de propuestas y líneas de acción impulsadas por actores influyentes del entorno conservador (con defensores y detractores, pero con impacto real en el debate público).

La diferencia crucial: Tyler quiere quemarlo todo; Trump quiere poseerlo

Aquí viene el matiz que evita caer en caricatura.

Tyler es un antisistema nihilista: destruir para “liberar”. Trump, como populista de poder, no necesita destruir el sistema: le basta con torcerlo, ocuparlo y degradar sus frenos. Tyler odia el capitalismo-consumo; Trump se apoya en el capitalismo-marca. Tyler propone anonimato del individuo dentro del colectivo; Trump propone personalismo total: “yo soy el movimiento”.

Pero ambos convergen en un punto: convierten la política en una religión de pertenencia.

Y cuando la política es pertenencia, la democracia se vuelve un estorbo, porque la democracia exige aceptar que el otro puede gobernar sin ser un enemigo.

Entonces, ¿qué hacemos con esto? El antídoto no es moralina, es adultez.

El mensaje más valioso de Fight Club no es “no sigas a Tyler”. Es “pregúntate por qué lo sigues”.

Porque la tentación Tyler aparece cuando la gente siente que nadie le escucha y que el sistema no responde. Ignorar eso es dejar el campo libre al demagogo. Pero comprar el atajo del “hombre fuerte” suele salir carísimo.

No se trata de “leer medios buenos” como si hubiese sacerdotes de la verdad. Se trata de desconfiar de cualquier ecosistema que castiga la duda y premia la indignación automática. Si todo lo que consumes te hace sentir superior y furioso, te están entrenando.

Los atajos emocionales son irresistibles, pero casi siempre falsos. Inmigración, desigualdad, declive industrial, polarización, corrupción… nada de eso se arregla con un eslogan. El eslogan solo decide a quién odiar mientras el problema sigue ahí.

Fight Club termina con un gesto ambiguo: la sensación de “por fin algo cambia” mezclada con la certeza de “esto no puede acabar bien”. En 2026, lo inquietante es que mucha gente está otra vez en ese punto emocional. Y lo verdaderamente adulto, lo verdaderamente contracultural, es negarse a confundir catarsis con salida.